Capítulo 27 | La metamorfosis de Kay

in spanish •  7 years ago 

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Asimilar semejante noticia no estaba en mis planes. No encontré calma ante el desasosiego tan intenso que me apretó la garganta, me impidió pensar con claridad y arrastró la última gota de esperanza que albergaba en mi corazón. ¿Era posible que Dominic me engañara durante tanto tiempo, ocultándome una verdad tan grande como esa? No se trataba de un acoston de una noche; hablábamos de ser un maldito demonio.

No podía decir que mis ojos se empañaron de lágrimas o sentí que mi corazón explotaría de dolor, porque nunca lo sentí. Gracias al cielo nunca le entregué mi corazón a un hombre tan vil como Dominic Bush. Me engañó como a una niña durante años, sin siquiera detenerse a pensar el daño tan profundo que me provocaba. Solo pensó en la jodida maldición que colocó sobre mí doscientos años atrás.
Y lo que más odiaba de todo el panorama, era que debía pagar los errores de alguien más. Debía sacrificar mi alma para pagar el alto precio de una sangrienta libertad. Keyla pactó entregarme a cambio de una vida libre de ataduras. Y aunque ella no conocía la letra pequeña del contrato, nada en la vida es gratis, menos aún aquello que conlleva una gran responsabilidad como asesinar a una persona inocente.
La parte más tétrica de todo era que alguien que yo amaba debía morir para pagar tal maldición. Me ardían las palmas de las manos por apretar mis uñas contra ellas, extraer sangre carmesí de las heridas y cerrar mi corazón ante algo inminente. Amaba a muchas personas: mi padre, Stella, Drake… incluso mi madre, y renunciar a algunos de ellos para cancelar un contrato no era algo que estaba dispuesta hacer.
Tampoco sabía qué podía hacer para vencer al ángel de la muerte, pero algo si tenía claro: no dejaría que ganara una batalla que me obligaron a pelear. Estaba segura de mí misma, y haría lo que estuviera a mi alcance para acabar con eso, sin derramar sangre libre de pecado. Haría lo que fuera, porque nunca me perdonaría perder a alguno de los que amaba por una terrible elección que alguien que nunca conocimos hizo por mí.
Ambas mujeres estaban sentadas en el suelo, las velas continuaban encendidas, el olor a esperma deambulaba en el aire, el humo se mezclaba con el oxígeno del ambiente y las fuertes manos de mi madre apretaron mi hombro. Todo mi mundo se tornó una escena en cámara lenta, en la que podía escuchar los corazones dentro de la habitación, inhalar cada esencia de las mujeres y sentir el calor de su cuerpo junto al mío.
Giselle juró quedarse conmigo hasta el final, igual que Elizabeth.
―¿Qué haré al verlo? —inquirí con determinación, al saber lo que haría para terminar con esa farsa—. Ya no es el mismo hombre con el que me casé.
―Es tiempo de enfrentarlo —profirió Giselle con las manos sobre las cartas y los ojos cerrados—. Rompe el sello, Kay, y reclámate a ti misma.
―¿Cómo lo hago? —Me levanté del suelo con un leve movimiento de piernas y me erguí sobre ellas—. Él no tiene miedo. Hará cualquier cosa para tenerme a su lado.
―La maldad nunca gana ―comentó Elizabeth al detenerse a mi lado―. Eres luz y bondad. Nada malo te pasará, cariño. Estaremos contigo hasta el final.
Descubrir que mi esposo tenía más de doscientos años fue una verdadera revelación, pero aún más impactante fue recordar que durante meses estuve durmiendo con el enemigo. Dominic era un ente difícil de descubrir, pero gracias al pacto de Keyla, logré saber quién era en realidad, junto a eso que ocultaba de cada uno de nosotros. Por un instante me sentí estúpida de no descubrirlo, pero luego entendí que habría puesto en duda la realidad de todo el mundo, menos de la persona que dormía a mi lado.
Elizabeth estaba dispuesta a cualquier cosa por mí, pero no estábamos en posición de perder todo lo que éramos por temor a lo desconocido. Suficientes personas habían pagado el precio de un error, como para arrastrar más conmigo. Si estaba dispuesta a terminar con eso de una vez por todas, lo haría sin nadie que me ayudara.
―Iré sola —proferí al buscar la chaqueta sobre la cama.
―Ni siquiera pienses que te dejaré enfrentar ese demonio por completo sola.
Elizabeth me detuvo por el codo, fijó sus ojos en los míos y apretó el agarre en mi piel. Estaba preocupada por mí, y era entendible hasta cierto punto, pero era mi deber culminar aquello que inició seis meses atrás. Me cansé de depender de otras personas, arriesgar sus vidas o esconderme detrás de la falda de mi madre. Ella misma lo confirmó horas atrás: no era la misma mujer del año anterior.
—No quiero arriesgar sus vidas. Esto lo comencé, y sola debo terminarlo.
―¡Tú no irás sola! ―gruñó ella con dolor en su mirada.
La abracé como si fuera la última vez que lo haríamos. Inhalé la emoción de recuperarla después de tantos años, junto a ese sentimiento de cariño que nunca sentí por ella. Aferrada a su cuerpo, cerré mis ojos con todas mis fuerzas y recé en silencio para que esa no fuera una despedida, aun cuando se sintió como una. Ella acarició mi cabello y escuché su entrecortada respiración, junto a un ligero te amo.
―Siempre te amaré, mamá —afirmé con un nudo en la garganta.
―No te despidas, Kay —emitió ella entre momentos de llanto—. Eres fuerte, brillante y determinada. Lo que te propones lograr lo haces, así que tengo la plena certeza que volverás a casa, así sea lo último que hagas.
No quería llorar frente a ellas; eso lastimaría a mi madre y evitaría mi partida. Así que para ahogar mis lágrimas, me separé de su cuerpo y dejé que depositara un caliente beso en mi frente, mientras lágrimas bañaban sus mejillas. Sonreí al tiempo que parpadeaba un par de veces y me tragaba las lágrimas como una guerrera. No sabía si era la última vez que vería a mi familia, así que intenté despedirme de ella.
―Él lo sabe —interrumpió Giselle la conversación—. Ha visto cada uno de nuestros movimientos. Él te esta esperando en el mismo lugar de la primera vez.
Me despedí una última vez de mi madre, abracé a Giselle y ella me susurró algunas palabras en latín. No sabía qué había dicho, pero esperaba que fuera una especie de plegaria por mí. Necesitaba toda la ayuda posible, así fueses sus escalofriantes amigos.
―Cuídate mucho, Kay —articuló con una leve sonrisa—. Pediré a los dioses por ti.
Con el alma en un hilo y las súplicas de mi madre para permitirle seguirme, me alejaron de la habitación. No podía retrasar lo inevitable, y sabía dónde estaba Dominic esperándome. Miedo real circuló por mi cuerpo, cuando entre la espesura de la noche imaginé la forma que adoptó para engañarme y atraerme como un pez al cebo. Dominic me engañó como una colegiala ingenua, pero había algo que él no conocía de mí; algo que aprendí a lo largo de toda mi vida: nadie pagaría por mis errores.
Antes de ir por Bruce al establo, busqué una pieza necesaria para culminar con toda esa mentira. Guardé como algo preciado en la parte trasera de mi pantalón y corrí la distancia trasera que me separaba del establo. Sentí el frío de la noche en mis huesos, el silencio de la oscuridad en mis oídos y el temor en mi corazón. Sentía miedo, mucho miedo, pero los guardé solo para mí, sin ser evidentes para él.
Al cruzar la puerta del establo y encontrar a Bruce, ensillé al animal y subí a su lomo, sujeta de las gruesas bridas. La calidez de la noche brindaba un aura de expectativa, junto a un manto de estrellas que se ocultaban entre las oscuras nubes. Mi corazón no cabía en el pecho, mis extremidades dolían y la sorpresiva realidad me azotó con toda su furia. No había oportunidad de rezar, así que mantuve mi fe intacta.
Cabalgué en medio de la espesura de los bosques, con el viento ondeando en el aire y entrando por mis oídos, el sonido de las espuelas en la tierra, el aroma a tierra mojada que bailaba en el aire después de la última tormenta y el corazón bombeando más rápido la sangre que el resto de las veces. Podía sentir la presión de las bridas en mis manos, el dolor entre mis piernas por el movimiento y un nudo en el estómago.
En el centro de la arboleada, bajo la negrura de la noche que ocultaba los peores secretos de la familia Greenwood, estaba esperando el demonio sediento de poder que incursionó en la vida de Keyla como un ángel guardián. Sin dejar que el miedo se abriera paso entre mis decisiones, detuve el caballo cuando el relinchar de su miedo cortó el silencio del lugar. Descendí con la fija mirada en él y lancé las riendas al suelo.
El caballo corrió igual que el día bajo la lluvia, cuando él condujo a Keyla hasta su cabaña en la mitad de la nada. Y al igual que esa vez, estábamos los dos solos. Nos detuvimos a dos metros de separación, ocultándonos bajo la espesura de la copa de los árboles, siendo los furtivos rayos de luz lunar los que nos iluminaban.
Sentía miedo antes de verlo una vez más. Pero al estar tan cerca de él, todo aquello que me impedía ser yo misma se alejó de mí. Con mi seguridad en el bolsillo del pantalón, caminé despacio. Me detuve un poco más cerca de mi antiguo demonio, siendo el crujir de las hojas secas el único sonido que se escuchaba en todo el lugar.
―Ya no debes esconderte —proferí con todas mis fuerzas—. Sé quién eres.
―Lo sé. ―Su voz había cambiado al paso del tiempo, pero su rostro continuaba igual que siempre―. Es un placer volver a verte, Keyla.
―No soy ella.
De entre las sombras apareció Dominic de nuevo, con un singular brillo dorado en sus ojos y una sonrisa en sus labios. Se detuvo frente a mí, de la misma manera que lo hizo cuando su máscara aún no se había caído. Era increíble que ese hombre fuera el mismo de antes, pero al verlo allí, detenido frente a mí, el duro golpe de la realidad volvió a extraerme hasta la última molécula de oxígeno que albergaba mi cuerpo.
―Debes estar llena de preguntas —pronunció con una daga plateada en sus manos.
Lucía exactamente igual que la noche que asesinó a Keyla y su hija.
―¿Vas a matarme?
―No ―afirmó al transitar su dedo por el filo de la daga―. A ti no.
Esas tres palabras me causaron mucho daño. Dominic tenía planeado asesinar a cualquiera que estuviese ligado a mí. Sabía que esa era la manera perfecta para causarme un daño terrible. Mi vida no me importaba, pero la de las personas que me rodeaban y amaba, era tan sagradas como el agua bendita de una iglesia.
―¿Por qué esperar tantos años para vengarte? —pregunté al dar un paso adelante.
―No es una venganza, Kay. Cobro una deuda que ustedes tienen conmigo desde hace años. ¿Crees que no sabía de tus amoríos con mi hermano?
―Ni siquiera es tu hermano —mascullé en defensa de Drake.
Sonrió y apareció ese hoyuelo que alguna vez me encantó. Le dio vuelta a la daga que tenía en sus manos y la apuntó hacia mí. Sabía que no me causaría daño, pero podría llevarme con él y torturarme hasta volverme una completa sumisa. El hombre que conocí cuando éramos niños no era el que estaba frente a mí, así que desconocía cualquier manía o tendencia asesina que tuviese. Lo único que sabía era el grado de maldad que tuvo al asesinar de forma caliente a la mujer que aseguraba amar.
―En parte tienes razón. Drake no es mi hermano de vida, pero sí tiene sus secretos.
La brisa azotaba la copa de los árboles, mi cabello y la chaqueta de Dominic.
—Admito que me costó mantener la mentira. Fueron siglos de esconderme entre las sombras, vagar en las calles y esperar la reencarnación de mi amada Keyla. —Sonrió de nuevo a medida que avanzaba su historia—. Verte esa noche de tu nacimiento fue la revelación que necesitaba. Planté recuerdos en las mentes de todos para así atesorar cada momento, incluso hice que los padres de Drake me prefirieran sobre él. Claro, él nunca sería su favorito debido a la sangre que corre por sus venas.
―¿Cómo lo hiciste?
―Ser un demonio tiene sus ventajas. ¿Realmente crees que me conociste esa tarde en los jardines de la mansión? ―preguntó y colocó en duda el recuerdo más vívido que tenía de él―. Al nacer mi amada reencarnación, una epifanía cayó sobre mí. Supe de inmediato que eras tú y debía estar contigo por toda la eternidad.
Las palabras quedaron atascadas en mi garganta. ¿Acaso Dominic hablaba de llevarme con él a una parte de su vida fantasmal, o pensaba volverme una más de sus muñequitas diabólicas? Inserté las manos en los bolsillos de mi pantalón y retrocedí un paso. No quería estar tan cerca del hombre que deseaba inmortalizarme.
―¿Eternidad? —repliqué su palabra.
―Mi regalo es obsequiarte el don de la inmortalidad. Siempre quisiste estar conmigo desde la primera vez que me viste en este lugar, doscientos años atrás.
―¿Qué pasa si no lo quiero?
―La cláusula estipula que debe morir alguien a quien amas. Podría borrar esa cláusula, si te vuelves mi compañera inmortal. —Sus ojos se llenaron de un fulgor dorado y en sus labios se dibujó una macabra sonrisa—. Serías mía para siempre.
La ira se propagó por todo mí ser, junto a un odio terrible que nunca pensé llegar a sentir. Dominic extraía la peor parte de mí con solo abrir su boca y musitar aquellas palabras llenas de veneno. Sus intenciones eran perdonar a la persona que amaba si decidía ser su compañera inmortal. Y aunque la idea era perfecta para salvar a las personas que amaba, no estaba preparada para quedarme con él para siempre.
Apuñé mis manos y adelanté uno pasos. Quería acercarme y mutilar su cuerpo hasta que no quedara nada de él, pero una mortal jamás podía competir con un demonio. Estaba atada de manos ante alguien que con un chasquido podía aniquilarme.
―Escúchame muy bien, maldito demonio. ¡Nunca seré tuya!
Rio; una estruendosa carcajada que erizó el vello de mis brazos.
―No tienes opción, querida. —Él caminó los pasos que nos separaban, sonrió como el propio Lucifer y chasqueó sus dedos tal como siglos atrás—. Serás mía, o uno de los tuyos tendrá en segundos esta daga clavada en el corazón. Tú decides.


En ese momento.
Kabul, Afganistán.

―Esperen ―mascullé al elevar mi puño―. Adelante.
Siendo la cuatro y media de la mañana, invadimos un escondite clandestino de un grupo terrorista que azotaba Kabul. Llevábamos semanas verificando la autenticidad de las pruebas, los movimientos, las horas que rondaban el lugar y la cantidad de personas que secuestraron para fabricar sus inventos, venderlas para tráficos e infinidades de porquerías que les enriquecían los bolsillos a costa del sufrimiento ajeno.
Con mi equipo, Crimson Snake, estuvimos ocultos durante horas en los alrededores, esperando el silencio que dieran el primer paso en falso. Tuvieron los rehenes por días enteros, en los cuales sus familias acudieron al cuerpo de brigada principal e informaron lo acaecido con sus familiares. Por esa razón nos encontrábamos allí. Era una simple ejecución de rescate y desarme de lugar, sin heridos inocentes o detonaciones mayores.
―Teniente —llamó Dennis por el radio desde la parte externa de la planta abandonada—. Francotiradores en el ala oeste y norte. Esperan sus órdenes.
―Hicks, Danner, Kress, Bissel. Vayan por el norte ―les comenté a los soldados que me acompañaron adentro. Ellos asintieron y se marcharon al lugar indicado―. Iruka, Leahy y Venisky, vendrán conmigo. El resto sabe qué hacer.
Tras colocarnos las máscaras infrarrojo, nos movimos con sigilo de felino por el corredor principal. Las ventanas que daban al exterior estaban rotas y fragmentos de vidrio cubrían el piso, lo que causaba ruido si no caminábamos con calma. Venisky me seguía muy cerca, mientras mi respiración se atascaba en la máscara. Un largo pasillo abría paso a un cuarto oscuro, con puertas a ambos lados del callejón.
Gracias al equipo táctico, rastrearon las muestras de calor en todo el lugar, y encontraron a los rehenes en la última habitación de la planta. Eran más de veinte personas que esclavizaban para sus asquerosos planes. Seguimos caminando en silencio, mientras en la radio escuchábamos las indicaciones del otro equipo. Todo estaba despejado, lo que significaba solo una cosa: estaban esperándonos.
Le hice un par de señas a Iruka y procedió a girar la manija principal. La puerta se abrió con bastante facilidad, por lo que al entrar, divisamos el contenido de la pequeña habitación. Las personas se encontraban en uno de los rincones, desplomados en el suelo, algunos gemían mientras los ojos lloraban o se apretaban entre ellos. La luz del arma estaba encendida, por lo que la visión periférica del sitio era perfecta.
En la siguiente habitación, Leahy encontró uno de los vigilantes, pero al acercarse por detrás y torcerle el cuello, lo desplomó al suelo en silencio. La idea principal era ser lo más silenciosos posibles, pero al entrar a la habitación e impactar el rostro de los rehenes con la linterna del arma, algunos de ellos comenzaron hablar.
Me quité la máscara y demandé un poco de silencio.
―Iruka, llévatelos —demandé por el intercomunicador.
Las personas comenzaron arrinconarnos, tocarnos o suplicarnos ayuda. Eran unas veinte personas que después de mi orden, comenzaron a agruparse alrededor de Iruka. Mantuvimos la guardia alta, mientras informaba al equipo uno nuestra posición.
―Equipo uno. Rehenes liberados —confirmé por la radio—. Aún no tenemos contacto con el blanco enemigo. ¿Dónde están?
—Teniente, blanco enemigo sin confirmar —respondió el equipo—. Estamos en el ala oeste. Los francotiradores están en posición.
―Recibido.
Hice la señal para que continuáramos en marcha y revisáramos el resto del lugar. Nos separamos del área explorada para tener más alcance de la radio, mientras el silencio ensordecedor y la completa tranquilidad inundaban el aire. Presentía que algo malo sucedería, pero no tenía claro qué era. Esa no fue nuestra primera misión, pero me sentía un novato ante algo desconocido. En mi piel lo sentía. Sangre correría.
―Alerta, Equipo uno —informé—. Nos acercamos al ala este. Iruka, posición.
―Llegando a la salida, Teniente.
―Precavido. Aún no sabemos dónde esta el enemigo.
―Recibido —afirmó antes de silenciar el radio.
Sentía el augurio de la maldad propagarse por el aire, como una serpiente moviéndose entre la oscuridad. Mi sexto sentido me permitía conocer en detalle aquello que me aguardaba el destino, pero no creí que el final de mi castigo terminara en ese momento. Estuve años encerrado en ese pedazo de carne, y aunque sentía ansias de liberarme de algo que se envejecía al paso de los años, era demasiado pronto para marcharme. Me maldeciría si la dejarla como algo inconcluso.
Me quité la máscara de nuevo y arrojé al suelo. La primera etapa estaba lista, el calor era insoportable y estábamos preparándonos para salir, por lo que seguir usando la máscara solo entorpecía mi trabajo. Preparé el arma y minimicé el paso, siendo el cabecilla de un grupo que durante tres años jamás perdió una batalla o uno de los nuestros. Eso me mantenía confiado, pero en ese instante debía permanecer alerta.
En mi corazón sentía la necesidad de volver a casa, regresar con las personas que amaba, aun cuando la mayoría de ellos no significaban nada. Pero también sentía en mi pecho la valentía crecer, las ganas de sacar a mi equipo sano y salvo de ese lugar, y la esperanza de recibir un nuevo correo de mi amada. Mantuve mis sentidos alerta por la necesidad de volver con ella: Kay fue mi motivación a continuar y salir con vida.
De pronto, tras caminar unos pocos metros, mis sentidos escucharon el clamor de la alarma indicando el inicio de la guerra final. Disparos llovieron por todas las direcciones. Las balas impactaban las paredes antiguas, quebraban las pocas ventanas que se mantuvieron intactas y ensordecían nuestros oídos. Nos refugiamos detrás de un armario de metal, mientras las balas chocaban contra él. Recargábamos las armas, cuando comuniqué por el comunicador nuestro plan B.
―Estamos siendo atacados en el ala este. Francotiradores a las seis y doce en punto. Cierren las puertas y aseguren los rehenes. Nosotros nos encargamos del resto.
Más balas impactaban el metal, al tiempo que terminamos de recargar y disparamos contra aquellos que buscaban nuestra muerte. Trozos de pared, pedazos de metal y papeles que cubrían un antiguo escritorio, volaron por los aires, mientras la sangre de los que caían teñía el suelo. Casquillos brotaban al cielo y el sonido era ensordecedor, cuando mis muchachos pelearon la batalla más grande del mes.
―Teniente —comentó Iruka—. Seis personas fueron alineadas y fusiladas en la entrada. Repito, seis personas fueron alineadas y fusiladas en la entrada.
―Fuego a discreción. No arriesgaremos a las personas —afirmé al disparar contra ellos—. Asegúrenlas y únanse al fuego cerrado. Repito. Aseguren los rehenes.
―Teniente, llamé por radio —articuló Leahy—. El helicóptero esta a dos minutos.
Venisky aprovechó una oportunidad en la que lo cubríamos para adelantarse y disparar todo el cartucho en menos de un minuto. Las balas se agotaron cuando él recargaba el arma, lo que causó que uno de los terroristas apuntara su cuerpo y lo masacraran a balas. Abrieron fuego contra su cuerpo, pero un disparo certero en la cabeza le quitó la vida al paramilitar que le arrebató la suya. Tenían puesto nuestro uniforme, siendo un perfecto camuflaje para nuestro equipo exterior.
—¡Hombre herido! —grité al acercarme y tomar su pulso.
Era demasiado tarde. Venisky estaba muerto por defender a personas inocentes. Era mi amigo, el mejor de todos, y estaba tendido allí, en un charco con su propia sangre. No había tiempo de lamentarse, rezar una plegaria por su alma o llorar por él. En su lugar, le quite el collar de cuello y recibí indicaciones por la radio.
―Teniente, los rehenes están a salvo. El helicóptero ha despegado con éxito de la pista temporal. Repito, rehenes a salvo.
―Copiado. Eliminen los del ala norte. Tenemos un oficial caído.
Escuchaba los disparos en todas las direcciones, mis muchachos luchaban hasta el final. Recorrimos veinte metros y una lluvia de balas impactó en la puerta. La ventana se encontraba astillada; una buena salida, pero la altura nos mataría. En su lugar extraje una granada de mi equipo, quité el perno y arrojé contra la manada que nos atacaba.
―¡Granada! ―Escuché gritar, pero el tiempo fue limitado y no lograron salir.
Nos arrojamos sobre el suelo cuando la detonación reventó la puerta y las paredes de la zona afectada. Humo espeso cubría nuestras pisadas, al tiempo que los restos de la explosión caían sobre nosotros y el ruido de la detonación nos nublaba el entendimiento por algunos minutos. La detonación fue lo bastante cerca como para rompernos un tímpano, pero gracias al cielo nos cubrimos a tiempo, aun cuando la paz no duró.
Escuchaba las posiciones en todas las direcciones, cuando quedamos atrapados entre el fuego cruzado de dos de sus equipos. Balas golpeaban el metal, siendo todo lo que nos rodeaba. Nos cubrimos detrás de una puerta, pero la gran cantidad de balas que arrojaban sobre nosotros, traspasaba el endeble metal. Una bala impactó mi brazo izquierdo, provocando una fisura de la que espesa sangre fluía.
La herida era dolorosa pero soportable, aun cuando las noticias que nos tenía preparada el destino fueron aún más crueles que morir fusilado.
―Teniente, instalaron bombas en el ala norte y oeste. Harán volar el lugar.
Por medio del radio, informé que salieran del lugar en cuanto fuera posible, aunque dudaba que los paramilitares lograran dejarnos salir. Eran demasiados; más que los nuestros, aun cuando un equipo había entrado por nosotros. No valía la pena que murieran por cuatro personas que quedaban dentro del lugar, por lo que mi orden fue salir de inmediato, sin pensar en nosotros. Si era el destino, lograríamos salir.
―Intentaré desarmarlas, Teniente —comentó Kress por el radio.
Era experto en explosivos y un soldado valiente. Y aunque le repetí más de una vez que no lo hiciera, él se empeñó en mostrar su valentía en un momento tan intenso como ese. Recordaba que hablábamos sobre ser valiente y los instantes apremiantes en los que debes serlo, y Kress fue el primer en ser catalogado como cobarde al afirmar que nadie conoce su reacción dado un momento de angustia.
El dolor se propagaba por mi brazo y el ardor era incesante, al igual que las balas. Ninguno de ellos se asomaba por la puerta, lo que nos brindaba balas extras. Y aunque no nos quedaban muchas, pelearíamos hasta el final por la libertad de ese lugar. Con la rodilla en tierra y el corazón en los oídos, recosté la cabeza en la pared.
―¿Cuánto tiempo tenemos? ―le pregunté por el radio.
―Cinco minutos, Teniente.


Londres, Inglaterra

―¿Entonces? ―preguntó Dominic una vez más―. No tengo toda la noche.
―No cederé ante tus palabras. No dañarás a nadie más.
―Eso es un sí para mí.
Negué con la cabeza antes de mostrar mi última carta. De la parte trasera del pantalón, saqué un filoso cuchillo antiguo que mi madre mantenía en la sala de la mansión. Tenía un valor inmensurable y la historia que lo englobaba se remontaba a los mil seiscientos. Nadie lo necesitaría en ese momento, así que lo guardé en mi pantalón y cabalgué con el cómo un último recurso. Lo extendí para que pudiera observarlo.
Dominic mostró una amplia sonrisa al notar el cuchillo en mi mano.
―¿Vas a matarme? ―preguntó con sarcasmo.
―No puedo impedirte hacer lo que quieras o siquiera acercarme a ti. Lo que sí puedo hacer es decidir por mí misma y salvar a los que amo. ―En un momento de decisión tan indolente como ese, no lo dudé ni un segundo―. ¡Los salvaré a todos!
Sujeté la empuñadura del cuchillo y lo coloqué en mi cuello. Sus ojos cambiaron de color, regresando el antiguo gris que durante años vislumbré en su iris. Noté como se aferraba a la daga, siendo lo único que me impedía traspasarlo con mi cuchillo. Él no era mortal, así que cualquier intento por herirlo era en vano. La única manera de doblegarlo a mi antojo, era siendo la vulnerable de ese funesto trato.
Dominic se fue acercando por segundos, al tiempo que yo retrocedía y sentía el corazón en los oídos. No estaba lista para morir, pero lo haría por las personas que me importaban. Mi vida no era más valiosa que la de los demás, así que moriría igual que el resto del mundo: por un propósito escrito por alguien con mayor poder que nosotros.
―No lo harás, Kay —me retó con una sonrisa—. No tienes el valor suficiente.
―Tira la daga o no tendrás tu trofeo.
El lanzó la daga sobre las hojas secas y levantó las manos al mismo tiempo que se acercaba tentativamente a mí. En ese momento no sabía qué hacer, pero una cobarde nunca fui, así que la única opción que él me dejaba era atentar contra mi propia vida, lo haría sin dudar. Las pesadillas terminarían y con ellas la maldición.
―¿Quieres mi rendición? ¡La tendrás! ―Sus ojos no habían dejado el fulgor brillante a medida que se acercaba―. Te amo, así que no permitiré que te hagas daño.
Estaba a unos dos metros de mí, con esa mirada demoniaca en la que nunca podría confiar. Una ligera gota de lluvia cayó sobre mi brazo desnudo, al mismo tiempo que un rayo iluminó el horizonte. Se auspiciaba una fuerte tormenta, junto a una decisión que marcó mi vida por completo. Podía ser lo que quisieran, pero nunca una cobarde.
―Te lo dije, Dominic. ―Cambié el cuchillo a mi corazón―. Nunca seré tuya.
En un momento de decisión total, clavé el cuchillo en mi corazón. Un solo y rápido movimiento me quitaron la vida en tan solo segundos. Una decisión me libró de las garras del infierno y de una eternidad amarga e indeseada junto al ser que dañó mi vida desde el instante que entró en ella. Prefería mil veces morir siendo una mujer valiente, que decidir algo que me volvía más cobarde de lo que era.
Sentía el metal romper mis venas y la sangre salir de mi cuerpo. Mis piernas no soportaron mi peso, mis manos perdieron fuerza y mi cuerpo cayó hacia atrás, en la grama del bosque, mientras la densa lluvia empapaba mi rostro. Mi corazón dolía, latía lentamente, se detenía al igual que la tierra. El aire comenzó a fallarme, mis labios no se movían, mi cuerpo se sentía liviano, mi cuello se llenó de sangre, al igual que mi boca.
—No. ¡No puedes morirte! —gritó Dominic al colocar su cuerpo sobre el mío, extraer el cuchillo y cubrir la herida con sus manos—. Necesito encontrar el libro.
Sus palabras se fueron perdiendo entre mi inconsciencia. Y aunque sabía que no me dejaría morir, ya era tarde. Había decidido mi destino. Me reclamé a mí misma, y nada ni nadie podrían volver a decidir el futuro de mi familia. Cerré mis ojos por algunos segundos, mientras todo comenzaba a desparecer de mi mente. Todo era confuso, doloroso y angustiante para todos, pero para mí era el final de una era.
Mi nombre quedaría grabado en los libros de historia y mi fotografía sería encontrada muchos años después dentro de un baúl, cuando alguien quisiera saber cómo era Kay Greenwood. Conmigo terminaría la monarquía y todo lo que conllevaba ser una princesa real; los modismos, las extravagancias o la corona teñida de sangre. Conmigo moriría una maldición que nunca debió posarse sobre mí o ninguno de los míos.
Mientras la lluvia diluía la sangre en el pasto y el olor a hierba mojada inundaba mi olfato, pensé en él y en nosotros. Pensé en cómo sería una vida junto a él o una efímera eternidad ligada años atrás. Lo último que llenó mi mente fueron sus ojos verdes, la sonrisa curvada y el suave toque de sus manos, junto a esa melodía que era su voz.
Lo último en lo que pensé, fue en Drake.


Kabul, Afganistán.

―Necesitamos ayuda —llamó Hicks por el radio—. El Teniente Bush esta herido.
Danner y el resto del equipo habían encontrado nuestra posición. Estábamos rodeados de cuerpos mutilados y ensangrentados, mientras el resto de nosotros se encontraba cercado por la muerte. Rasgué un trozo del pantalón e hice un torniquete para detener la sangre, al tiempo que observaba como la mitad de mi equipo estaba muerto o herido. Los francotiradores dejaron de responder quince minutos atrás, siendo esa una mala señal de una victoria inminente como la prometida.
Estábamos solos. La ayuda estaba a tres horas de camino y el helicóptero regresaría en una hora. Tal vez para entonces ya todos habrían muerto. Las tres cuartas partes del edificio abandonado se encontraban destruidas, y el resto eran diminutos albergues para los paramilitares. Entre todos curamos nuestras heridas y cargamos por última vez las armas. Planeamos la estrategia de salida y emprendimos camino a la libertad.
Antes de llegar a la entrada fuimos atacados por unos ocho terroristas con armas y granadas que esperaban nuestra salida. Fue sangriento y desgarrador ver morir a cada uno de mis muchachos, mientras caían con múltiples heridas de bala en el cuerpo. Los pocos que quedamos agotamos nuestras balas, por lo que peleamos cuerpo a cuerpo.
Ataqué como un tigre a la presa hasta quedarme sin balas. Aparecían en todas las direcciones. Y aunque asesinamos a la mayoría, al final todos nos quedamos sin balas y nos enfrentamos a un ataque cuerpo a cuerpo, siendo el detonante de quién ganaría. Puños, cortadas y rompimiento de huesos, denotaron una batalla campal.
El hombre con el que peleaba, sacó un cuchillo de su bota y me hirió varias veces en el pecho, brazos o pierna, pero con una llave maestra aprendida algunos años atrás en un entrenamiento especial en la base militar, lo derrumbé al suelo y rompí su cuello. Tiré su cuerpo a un lado y me recosté a la pared. El piso estaba cubierto de cuerpos con el traje del ejército, muertos, sin posibilidades de regresar con su familia.
Cuántos hogares serían visitados para informarles la muerte de un ser querido. Un centenar de corazones se desgarrarían al conocer la noticia. Me recosté en la pared cuando el último de los paramilitares cayó al suelo. Respiré profundo un vez más, pero la adrenalina del momento me impidió sentir el cuchillo en mi pecho. Cuando el dolor comenzó a desplegarse por mi cuerpo, bajé la mirada y observé la empuñadura.
―Sargento Bush —La radio se activó—. El helicóptero esta a media hora de su posición. Punto de encuentro al suroeste. Repito, punto de encuentro al suroeste.
―Recibido.
Intentar sacarlo solo aceleraría mi muerte, así que respiré profundo los minutos que me quedaban antes de perder el conocimiento. Miré el cuerpo de mis muchachos y apreté mis puños. Esos cuerpos merecían un rescate, un entierro glorioso y una medalla a la valentía y el honor. Y aunque no existía nada más satisfactorio que morir con tu gente y con las personas que lucharon a tu lado tantos años, era doloroso ver cómo años de entrenamiento terminaban de una forma tan cruel como esa.
―Ha sido un placer ―articulé al sentir como mi boca se llenaba de sangre.
Mi corazón aminoraba el palpitar a medida que pasaba el tiempo. Lo triste de todo fue que solo lamenté no haber cumplido la promesa de regresar con ella. Me arrepentí de no haber besado esos labios cuando pude, de no aspirar el aroma de su cabello hasta quedarme dormido y no decirle mil veces cuanto la amaba.
Fui un maldito cobarde.
Miré al cielo despejado y un inmenso universo estrellado le permitía al escalofriante frío acompañar mis últimos minutos de vida. No tenía una fotografía para recordarla o acariciarla cuando aún podía, pero en mi mente estaba grabada desde el primer instante que la vi. Sentí que la amaría desde que la observé bajando esas escaleras y cuando posó sus ojos en mí. La amé desde el día que la conocí y la amaría hasta el fin de los tiempos.
Lo primero que pensé al despertarme y en lo último que pensé entonces fue en ella.
Mis ojos se fueron cerrando poco a poco y mis respiraciones se acortaron. Una lágrima corrió por mi mejilla, mientras mis ojos se fijaron en el hermoso cielo.
―Te amo, Kay —susurré con un agudo dolor—. Siempre te amaré
Y así, de esa manera, terminó nuestra primera metamorfosis.

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Excelente capitulo felicidades Aime como siempre muy buen sabor de boca... y esperando el siguiente capitulo.
Gracias por actualizar.

Aime te estoy odiando, ¡por Dios! mi Drake. Me rompiste el corazón, hasta llorando estoy, no puedo creerlo. Estoy sin palabras... Odio este capítulo.

Me muerooo!!! Estoy enganchadisima y no puedo parar de leer!