Crónicas de Caracas

in venezuela •  7 years ago 

Marchar en Caracas es otra cosa. Sin dudas, es intimidante. “Si nos acorralan por acá ya no tenemos la posibilidad de correr por el puente de Bello Monte”, escucho decir a uno de los muchachos, mientras manipula una máscara anti gas y se acomoda un casco.
La maldad del régimen dictatorial de Nicolás Maduro es tanta, que desmanteló los puentes de Bello Monte y Las Mercedes, para evitar la huida de los marchantes y reprimirlos a sus anchas.
No tengo ni tiempo de asustarme, la verdad es que ando perdida en la gran ciudad porque vengo del interior de Venezuela. Cuando me toque correr iré detrás de los demás, pienso con algo de aprehensión.
Nos concentramos en la plaza Brión. Me sorprenden las estatuas de José Martí y del Almirante Brión encapuchadas. En los alrededores, los jóvenes de la resistencia exhiben sus escudos artesanales, los torsos desnudos y la pátina de sudor, provocada por el inclemente sol. Muchos andan en parejas. Las muchachas, tan guerreras como ellos. Bendigo la irreverencia de la juventud.
Los representantes de la prensa con cascos, máscaras y chalecos antibalas, entrevistan a políticos como María Corina Machado y a Henri Ramos Allup. La asistencia es variopinta, actrices, gente mayor, jóvenes, mujeres, hombres, todos exigiendo una Venezuela libre.
Increíble, pero no se respira temor entre ellos, aunque ya se escuchan rumores de las trancas que ha colocado la dictadura para impedir la llegada a Los Próceres y de cómo los colectivos paramilitares “custodian” el Fuerte Tiuna. Me convenzo que el miedo está en otra parte.
Un encapuchado me toca el hombro: “Dame algo”, dice. Le indico que ando sin nada. “Así estamos todos”, dice con voz cansina, el hombre que ha hecho de la resistencia su modo de conseguir algo “para el día”. Las carteras y los celulares son artículos muy buscados por los que se infiltran en las marchas con el único objetivo de robar a los incautos.
Comienzo a caminar y constato una vez más “la pegada” de María Corina Machado con la gente. En un punto, se acerca el señor del papagayo y se abrazan. La mujer y el hombre diferentes, pero unidos por una causa.
Estamos llegando a la autopista cuando los veo; los guardias nacionales esperando entre las urbanizaciones Las Mercedes y Bello Monte. Comienzan a caer las bombas, escucho las mentadas de madre. La marcha pacífica y alegre se vuelve una locura. Yo corro detrás de la multitud que huye de la lluvia de lacrimógenas y del salvajismo de un cuerpo de seguridad que debería protegernos.
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